jueves, 30 de octubre de 2014

El Incidente del Paso Dyatlov

A fines de enero de 1959 un grupo de diez esquiadores rusos, liderado por Igor Diatlov se embarcó en una expedición por los montes Urales en Rusia con el objetivo de llegar hasta Otorten, una montaña 10 kilómetros al norte de donde empezaba su ruta.
Todos los miembros tenían experiencia en viajes largos en esquí y expediciones de montaña, y a pesar de lo difícil de la aventura, la emprendieron sin problema.
Dos días después de empezar la ruta y tras haber pasado Vizhai, el último asentamiento habitado en la ruta, uno de los miembros, Yuri Yudin, tuvo que regresar a Ekaterimburgo por una enfermedad, dejando el grupo de nueve personas. Igor Dyatlov, el líder del grupo, debía enviar un telegrama a las familias de los demás esquiadores cuando regresasen a Vizhai el 12 de febrero.
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Algunos de los montañeros fallecidos
 El tema es que pasado el 12 de febrero sin recibir ninguna noticia de los esquiadores, las familias pidieron que se organizara una operación de rescate. Tras seis días de búsqueda los rescatistas consiguieron el lugar donde estaban acampados los desaparecidos.
Su carpa estaba rota y habían huellas conduciendo a los bosques cercanos. Una vez ahí, se encontró primero los cuerpos de dos de los esquiadores, ambos descalzos y en ropa interior – cosa ya lo suficientemente rara considerando que la temperatura media estaba en – 30 grados centígrados en la zona. Por lo visto intentaron trepar por un árbol que cedió e hizo que cayeran al suelo, lo que explica por qué se encontró sangre y carne humana en el árbol.
A 400 metros se encontraron los cuerpos de otros tres esquiadores y según su posición parecía que hubiesen muerto tratando de volver al campamento. Uno de ellos, Igor, tenía una rama en la mano y con la otra se protegía o defendía de algo. Otro, Rustem Slobodin, tenía un hueco de 18 centímetros en el cráneo, por último, Zinaida Kolmogrova tenía el cuerpo de color anaranjado y el pelo con un tono grisáceo.
No todos cayeron en el mismo lugar, de hecho estaban separados entre sí por unos 1oo metros, y en cuanto a los 4 chicos restantes, estos no fueron encontrados hasta mayo.
Pero el misterio comienza justo ahí.
Después de examinar los cuerpos se descubrió que 5 de ellos tenían signos de muerte por hipotermia, pero los otros coincidían más con víctimas de un accidente de tránsito en el sentido de que no tenían heridas visibles, todo el daño era interno.
Era como si hubiesen sido atacados desde adentro.
El cuerpo de Nicolas Thibeaux-Brignolle tenía tremendos daños en el cráneo y al de Liudmila Dubidina le faltaban costillas y tenía la cabeza hacia atrás, por lo que se había roto el cuello. Además, le faltaba la lengua y su ropa indicaba altos índices de radiactividad. Alexander Zolotarev, por su parte, tenía fracturas en el pecho y le faltaban varios dientes, además su pelo era gris y parecía mucho más viejo de lo que era.
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Había pruebas de que el equipo tuvo que abandonar el campamento en la noche mientras dormían. Todos estaban vestidos parcialmente, algunos sólo tenían un zapato, otros estaban envueltos en recortes de ropa rasgada que parecían haber sido cortadas de los que ya estaban muertos.
Su carpa había sido desgarrada por dentro y en un principio se creyó que quizás los indígenas del pueblo Mansi que vivía en la zona los podría haber atacado, pero eso pronto se descartó porque se consideró que las lesiones no podían haber sido causadas por otro ser humano: La fuerza de los golpes había sido demasiado fuerte y había tejido blando que estaba intacto.
Entre las cosas que quedaron en la carpa había un “obmotki”, algo así como un cinturón para las botas y que según el sobreviviente, Yuri Yudin, no era de ninguno de los del grupo. Además, habían unos lentes de sol que normalmente usaban los militares para demostrar que eran parte del ejército de la URSS, pero que no pertenecían a ninguno de los alpinistas.
Un grupo de excursionistas a unos 50 kilómetros al sur del incidente dijeron que, en la noche en que se cree que ocurrió todo, habían visto raras bolas de color naranja en el cielo, al norte, probablemente en la dirección donde se encontraron los cuerpos.
El veredicto final fue que todos murieron a causa de una “desconocida fuerza irresistible” y debido a la ausencia de sospechosos, el caso quedó frío en 1959.
Por si fuera poco, en 1960 un avión con nueve personas se estrelló al sobrevolar esa misma montaña sin dejar un sólo sobreviviente y la caja negra no aportó absolutamente nada para la investigación.
El nuevo documental de Discovery Channel
El 2 de febrero de 1959 nueve universitarios rusos escalaron el Paso Dyatlov en las Montañas Urales de Rusia y esa fue la última vez que se les vio con vida. El caso fue muy discutido puesto que sus cuerpos fueron encontrados con múltiples fracturas y terribles heridas, a una de las chicas incluso le habían sacado los ojos y su lengua nunca fue encontrada.
En el momento de la tragedia se culpó a alguna “poderosa fuerza natural” pero ahora un documental que reexamina el caso afirma que podría haber sido el mítico Yeti el culpable de las muertes.
Las teorías respecto a la matanza abundan, dado que esta ocurrió durante la Guerra Fría incluso se ha especulado que los estudiantes fueron asesinados con algún arma soviética secreta o que fue alguna tribu indígena la responsable. Pero ahora este documental que saldrá el 1 de junio en Discovery Channel explora la posibilidad de que haya sido un Yeti el culpable.
Considerando que la existencia del Yeti ni siquiera ha sido confirmada, el culparlo de esto es algo arriesgado, pero hay algunos aspectos extraños de la masacre, según el explorador Mike Libecki que protagoniza el documental.
Por ejemplo, una de las tiendas de campaña fue acuchillada desde adentro y algunas de las víctimas fueron halladas sin ropa en clima bajo cero. Además, el gobierno ruso nunca hizo pública la autopsia ni varios detalles del caso.
Para explorar su teoría, Libecki contó con la ayuda del experto sobre Yetis Igor Burtsev, quien ha dedicado toda su vida a buscar esta criatura.
Burtsev afirma que tiene montones de evidencia que sugieren que la criatura existe en las montañas Urales y que se han reportado alrededor de 5000 avistamientos de este.

martes, 28 de octubre de 2014

Tamam Shud: una muerte de 64 años sin respuesta

El cadáver del hombre fue encontrado a las 06:30 de la mañana del miércoles 1 de diciembre de 1948 en la playa de Somerton en la ciudad de Adelaida, Australia. A partir de allí, nada más se supo con certeza. 64 años después, esta muerte aún continúa siendo un misterio. un misterio que, como una clásica novela de suspenso, involucra identidades perdidas, equipajes encontrados, viejos amores clandestinos, Guerra Fría, sospechas de espionaje, venenos indetectables y un misterioso código secreto imposible de descifrar.

Pero todo esto fue (y es) real, y al día de hoy, nadie ha logrado resolverlo.

LOS HECHOS:

Según el patólogo Sir John Burton Cleland, el hombre, de apariencia "británica", tendría entre cuarenta y cuarenta y cinco años de edad, estando en perfectas condiciones físicas. Media 1,80 metros de altura, con ojos color castaño-claro, cabello rubio y ligeramente grisáceo, hombros largos, cintura estrecha, manos y uñas sin señales de trabajo manual, con el primer y quinto dedo de los pies en forma triangular, como los de un bailarían o agricultor. Estaba vestido con una camisa blanca, corbata color rojo y azul, pantalón marrón, medias y zapatos, y, aunque el día y la noche estuvieran cálidos, un suéter tricotado marrón y una chaqueta marrón estilo europeo. Ninguna de sus prendas tenía etiquetas y no usaba sombrero, algo poco común en 1948, especialmente para alguien que vestía traje. No tenía cicatrices y no portaba documentación de identidad, lo que llevó a la policía a acreditar inicialmente que sería un caso de suicidio.
Cuando los policías llegaron al lugar del crimen, percibieron que el cuerpo no había sido perturbado y que el brazo izquierdo del hombre estaba en posición recta, y el derecho doblado. Un cigarrillo sin usar estaba atrás de su oreja, mientras que otro que había sido utilizado hasta la mitad estaba a la derecha de su chaqueta, alineado con su mejilla.
Testigos se presentaron para declarar que la noche del 30 de noviembre avistaron un individuo de apariencia similar parado en el mismo lugar, próximo a un Hogar para Niños Inválidos, donde el cuerpo fue posteriormente encontrado. Una pareja dijo que a las 07:00 de la noche vieron al hombre estirar todo el brazo derecho, y luego dejarlo caer lentamente. Otra pareja que lo vio entre las 19:30 y las 20:00 de la noche —tiempo en que las luces de la calle habían sido encendidas— contó que no lo vieron moverse durante la media hora en la que estuvieron a la vista de él, aunque tenían la impresión de que se había movido. Aunque habían comentado entre ellos que debía estar muerto porque no reaccionaba a las picaduras de los mosquitos, habían pensado que estaba borracho o dormido, y decidieron no investigar más a fondo.
Cuando el cuerpo fue descubierto a la mañana siguiente, permanecía en la misma posición observada por los testigos en la noche anterior.

Muerte
Fotografía forense del cadáver.


LO EXTRAÑO:

Las cosas empezaron a ponerse tenebrosas cuando la policía notó que las etiquetas de toda la ropa de la víctima habían sido arrancadas. Con mucho esfuerzo pudieron determinar que el saco era de Estados Unidos... lo que complicó las cosas todavía más, porque sus registros dentales y huellas dactilares no coincidían con nadie que alguna vez haya vivido allí ... o en cualquier otro lugar del mundo. Era como si el hombre no hubiera existido nunca.
La fotografía del rostro del hombre fue publicada en un intento de que alguien lo reconociera. Hubo varios testigos que dijeron conocerlo, pero siempre se concluyó que se habían confundido de persona.
La última esperanza de que el misterio se resolviera eran los resultados de la autopsia. ¿Y qué dijo la misma? "Una salud excepcional, una empanada a medio digerir en el estómago, y una congestión en el cerebro y estómago que hubiese sido un claro indicio de envenenamiento... sino fuera porque no se encontraron ni rastros de veneno en el organismo.
El 14 de enero de 1949, una nueva vuelta de tuerca se dio en el caso cuando encontraron una valija marrón que se presume habría pertenecido al hombre en la estación de trenes de Adelaida. La valija y las ropas que contenía también tenían las etiquetas arrancadas. Ninguna otra información pudo ser obtenida a partir de ella.

EL TAMAM SHUD

Otro giro en el misterio, tal vez el más importante y al que le debe su nombre, fue cuando la policía encontró, seis meses después del hallazgo del cadáver, un bolsillo secreto en los pantalones del hombre. Adentro, sólo había un pedazo de papel enrollado con las palabras "Tamam Shud" impresas en él, que significan "terminado" o "finalizado". Los policías concluyeron que se trataba de un trozo arrancado de un libro. Cuando mandaron a analizar el mismo, descubrieron que pertenecía a una colección de poemas persas llamada "The Rubaiyat of Omar Khayyam".

Australia


Pero, como de costumbre, el descubrimiento sólo oscureció aún más las cosas. Los analistas descubrieron que el fragmento arrancado pertenecía a una edición muy rara del libro, ya que Edward FitzGerald, el traductor y compilador de los poemas, realizó dos revisiones posteriores, que fueron las más distribuidas.
Una vez más, la policía recurrió al público y publicó una foto del fragmento de papel descubierto. E increíblemente, dio resultado. Un hombre, que pidió la reserva de su identidad, presentó una copia de esa extraña edición del libro que encontró en el asiento trasero de su auto, el cual había dejado estacionado sin llave a pocos metros del lugar donde fue hallado el cadáver... ¡el 30 de noviembre de 1948! (sí, un día antes del hallazgo del muerto). Los policías revisaron la última página. Un pedazo había sido arrancado. Pericias de microscopio confirmaron que el fragmento encontrado en el bolsillo secreto coincidía con la página.
Pero los policías encontraron algo más en ese libro. y, como ya es costumbre en este caso, sólo aportó más confusión.

EL CÓDIGO:

En la retiración de contratapa del libro habían sido escritas con lápiz cinco líneas de letras mayúsculas que no formaban ninguna palabra, de las cuales la segunda estaba tachada. Primero se pensó que se trataba de palabras extranjeras, pero luego se concluyó que era un código.
WRGOABABD
MLIAOI
WTBIMPANETP
MLIABOAIAQC
ITTMTSAMSTGAB

misterio


Un código cuyo patrón clave para descifrarlo aún no se ha encontrado al día de hoy, luego de pasar por agencias de inteligencia, matemáticos, astrólogos y criptólogos amateur. Todo esto llevó a pensar en un caso de espionaje, dado que la muerte ocurrió en los inicios de la Guerra Fría.
Cómo si un código indescifrable no fuera suficiente, en el reverso del libro también había un número de teléfono. ¿Adivinan que pasó? Exacto, se enquilombó todavía más el asunto.

LA MUJER

El teléfono pertenecía a una ex enfermera que vivía 400 metros al norte del lugar de hallazgo del cadáver. La mujer contó que, mientras trabajaba en un hospital de Sidney durante la Segunda Guerra Mundial, tenía una copia del libro The Rubaiyat, pero en 1945 se lo regaló a un teniente de la marina australiana llamado Alfred Boxall.
Cuando le mostraron una figura de cera hecha a partir del cadáver, la mujer dijo no conocerlo, aunque el detective a cargo anotó que "parecía estar a punto de desmayarse". También pidió que su identidad se mantuviera reservada, dado que "ahora era una mujer casada", lo que indica que tuvo algún affaire con Boxall.
La policía pensó que el cadáver pertenecía al tal Boxall, hasta que lo encontraron, vivito, coleando y con la copia intacta del Rubaiyat que le regaló la mujer, a quien se refería como "Jestyn".
Se cree que Jestyn conocía la identidad del hombre muerto, pero aún si esto fuera cierto se llevó su secreto a la tumba, dado que murió en 2007.

INVESTIGACIONES POSTERIORES

Poco se pudo hacer luego de este punto. El cadáver fue sepultado en 1949, la extraña copia del Rubaiyat con la palabra arrancada fue extraviada en 1950 y la valija fue destruida en 1986 dado que "ya no era necesaria".

asesinato
Lápida de la tumba del Hombre encontrado.


Sin embargo, en 2009 un equipo de la Universidad de Adelaida se dedicó a investigar el caso. Sugirieron la posibilidad de un veneno indetectable en los cigarrillos del hombre. El código fue introducido en computadoras para rastrear algún tipo de patrón en los versos del libro en el que estaba escrito, pero se necesitaría una copia de la rara edición que se perdió en los años 50 para una aproximación exacta, y hasta ahora no se han encontrado más ejemplares de esta primera traducción.
Dos importantes descubrimientos se hicieron gracias al trabajo de este equipo de profesionales. El primero fue obra de Maciej Henneberg, Profesor de Anatomía de la Universidad de Adelaida, quien revisó fotos del cadáver y notó que tenía una extraña malformación en las orejas, presente en sólo un 1–2% de la población caucásica, lo cual podría ayudar a descubrir la identidad del hombre por medio de parientes con la misma condición.

código


A esto se sumó el hecho de que en mayo de 2009, el profesor Derek Abbott consultó con expertos dentales que concluyeron que el hombre encontrado tenía hypodontia, un raro desorden genético en los incisivos laterales, presente en el 2% de la población. Un año después, Abbott consiguió una fotografía del hijo de Jestyn: tanto sus orejas como sus dientes tenían las mismas malformaciones que las del cadáver. Las posibilidades de que esto sea una coincidencia se estiman en 1 en 20 millones.
Los investigadores suponen que el hijo de Jestyn, que tenía un año en 1948 y murió en 2009, puede haber sido un hijo ilegítimo que tuvo con el hombre muerto y que hizo pasar como hijo de su esposo. Un análisis de ADN sería de mucha ayuda, ya que limitaría las posibilidades. Sin embargo, en Octubre de 2011, el Ministro Público John Rau negó una exhumación del cuerpo indicando que "hace falta una razón de interés público que vaya más allá de la curiosidad de la gente o el interés científico para tal maniobra".
El caso parece haber llegado al borde de una parcial conclusión cuando en 2011, una mujer contactó a Henneberg para comentarle que encontró entre las pertenencias de su padre una tarjeta de identificación perteneciente a un tal H.C. Reynolds, cuya foto era muy parecida a la del cadáver encontrado más de 60 años atrás.
Henneberg encontró similitudes anatómicas en la nariz, labios, ojos y, fundamentalmente, en las orejas. Pero el dato más contundente fue un lunar en la mejilla con la misma forma y ubicación que el que presentaba el muerto encontrado.

Cadaver


La tarjeta de identidad, numerada 58757, fue otorgada por los Estados Unidos el 28 de febrero de 1918 a H.C. Reynolds, certificándolo como ciudadano Británico de 18 años de edad. Los números cierran, dado que el cadáver pertenecía a un hombre de aproximadamente 40 años de edad.
No obstante, las búsquedas conducidas por los Archivos Nacionales de Estados Unidos, el Reino Unido y el Memorial de Guerra Australiano no encontraron registros de H.C. Reynolds. La policía australiana, que aún tiene el caso abierto, investiga la nueva información actualmente.

domingo, 26 de octubre de 2014

El tesoro de Beale, 30 millones por una clave

En 1885 un tal J. B. Ward publicó un folleto en el que hablaba de un tesoro enterrado entre 1819 y 1821 cerca del condado de Bedford, Virginia, y que nunca había sido recuperado. Toda la información necesaria para encontrar un tesoro valorado en 30 millones de dólares actuales por tan sólo de 50 centavos que costaba el folleto. Sólo había una pequeña pega, antes de ir a buscarlo había que descifrar el texto en el que se describía el lugar donde se había enterrado.

Cincuenta centavos a cambio de un tesoro.

Aparentemente, la historia comienza un día de enero de 1820, cuando tres extraños llegaron a la ciudad de Lynchburg, Virginia, y se hospedaron en el hotel Washington regentado por Robert Morriss. A los pocos días, dos de ellos continuaron su viaje hacia Richmond, de donde decían ser, pero el otro se quedó. El que se quedó se llamaba Thomas Jefferson Beale y, según Morriss, tenía apariencia de persona honesta y educada, debía medir un metro ochenta, tenía ojos y cabello negros, y era de complexión fuerte. El rasgo que más le distinguía era su tez morena, muy morena, como si hubiera pasado toda su vida al sol.

Beale pasó el resto de aquel invierno en Lynchburg y se convirtió en una persona bastante conocida en la ciudad, especialmente entre las damas. Entonces, un día de finales de marzo, tal como vino se fue. Ni Morriss, ni nadie, sabían nada de su procedencia, ni de cual había sido el motivo de su estancia. Beale jamás lo contó y Morriss jamás se lo preguntó.

Dos años más tarde, en 1822, Beale volvió a aparecer por Lynchburg. Igual que la primera vez, pasó el invierno en la ciudad y cuando llegó la primavera se volvió a marchar. Esta vez, sin embargo, dejó a Morriss una caja de metal cerrada que, según le dijo, contenía “papeles importantes de valor” y que le pidió que guardara hasta que fuera necesario.

Poco más tarde, en mayo, Morriss recibió una carta de Beale desde San Luis. En ella Beale reconocía que estaba en medio de una empresa peligrosa. La caja contenía papeles de vital importancia para su propia fortuna y la de muchos otros. En caso de muerte, la pérdida de la caja podría ser irreparable, por lo que pedía a Beale que guardara la caja en lugar seguro. En la carta, Beale daba instrucciones a Morriss para que si en diez años ni él, ni nadie en su nombre acudían a buscarla, abriera la caja. En ella encontraría una carta con más instrucciones para él, junto con otros papeles ininteligibles sin la ayuda de una clave. Según aseguraba Beale en la carta, la clave la había dejado en manos de un amigo suyo de San Luis en un sobre sellado y dirigido a Morriss, con ordenes de que se la enviara en junio de 1832.

The Locality of the Vault. Original.

Los años pasaron y Morriss no tenía noticias de Beale. Ni él, ni nadie en su nombre aparecieron por la caja. Aunque a partir de 1832 debía abrir la caja, Morriss prefirió seguir esperando. Finalmente, en 1845 Morriss creyó que los “indios” habrían matado a Beale y sus compañeros, y decidió abrir la misteriosa caja, había esperado 23 años. Con poca destreza, forzó el candado para descubrir cuatro hojas de papel. Una de ellas estaba escrita en inglés, las otras contenían una colección de números, aparentemente sin sentido.

Morriss empezó a leer la única hoja que entendía, en la que Beale explicaba su historia:

En abril de 1817, un grupo de 30 amigos amantes de la aventura y el peligro, entre los que estaba Beale, salió de Virginia con destino a las Grandes Llanuras del oeste. Su único objetivo era el de pasar una buena temporada cazando búfalos y osos. En diciembre, después de un largo viaje cruzando el país, llegaron a la ciudad de Santa Fe. Los meses de invierno se hacían largos y un día para matar el rato un grupo de ellos decidió salir de excursión para explorar la zona y matar el gusanillo de la caza.

La excursión que tenía que durar sólo unos días se alargó varias semanas. Cuando los que se habían quedado en Santa Fe comenzaron a preocuparse, uno de los se habían marchado volvió con noticias de una gran hallazgo que cambiaría sus planes y sus vidas. Según contaba, llevaban varios días detrás de una manada de búfalos, cuando una noche, uno de los hombres mientras estaban preparando la cena descubrió en una grieta entre unas rocas algo que brillaba, era oro y había mucho. El grupo celebró el hallazgo y los que se habían quedado en Santa Fe al conocer la noticia también. En seguida partieron para reunirse con ellos cargados con suministros y provisiones para un tiempo indefinido.

Durante 18 meses, Beale y sus compañeros acumularon todo el oro y la plata que pudieron extraer. Fue entonces cuando, según la nota, todos acordaron que sería conveniente llevar todo ese oro y plata a un lugar más seguro. Después de barajar varias opciones decidieron llevarlo hasta Virginia y esconderlo allí en algún lugar secreto. Para reducir el peso de la carga, Beale cambió oro y plata por joyas y en 1820 emprendió su viaje a Lynchburg, la primera visita al hotel de Morriss, en búsqueda del lugar más apropiado para enterrar el tesoro, lo encontró y allí lo enterró. Al acabar el invierno Beale regresó para reunirse con sus compañeros.

Dieciocho meses después, su segunda visita, Beale regresó a Lynchburg con más oro y plata. Pero este segundo viaje tenía además otro objetivo. Beale y sus compañeros estaban preocupados que de pasarles algo a ellos, sus fortunas no llegaran a sus familiares. Así que Beale esta vez tenía como misión encontrar a una persona de fiar a la que confiar sus deseos, Beale escogió a Morriss.

Como para que Morriss estuviera leyendo la nota deberían haber pasado ya los diez años de espera, Beale pedía Morriss que fuera al escondite donde estaba enterrado el oro y la plata y dividiera todo en 31 partes iguales. Morriss debería quedarse por una como pago por los servicios prestados, las otras treinta debería repartirlas entre las personas cuyo nombre y dirección figuraban en otro de los papeles. Así acababa la nota.

El juzgado del condado de Bedford, un lugar como cualquier otro para comenzar la búsqueda.

Beale acertó con Morriss, honrado como él lo creyó, su primera preocupación al leer la carta fue la de encontrar el tesoro y encontrar a los herederos de aquellos hombres que debían para entonces estar ya muertos. Pero había un problema: la localización y la descripción del tesoro estaban cifradas, en las otras tres hojas que contenían números y más números. La clave para descifrarlos, que Beale le había dicho que alguien le enviaría por correo, no había llegado. Así que Morriss tuvo que intentarlo por su cuenta. Dedicó 20 años, pero no lo consiguió y en 1862 cuando llegó a los 84 años de edad temeroso de morir sin haber cumplido su misión, decidió confiar su secreto a un amigo, tal como Beale le había pedido. Este amigo, del que se desconoce la identidad, consiguió parte de lo que Morriss no había conseguido en 20 años: descifrar uno de los textos, el marcado como número “2”.

El amigo de Morriss tuvo la intuición de que cada número representaba una letra, pero como había más números que letras en el alfabeto, dedujo que varios números deberían corresponder con la misma letra. Fue entonces cuando se le ocurrió usar la Declaración de la Independencia para descifrarlo. Cada uno de los números se tenía que sustituir por la primera letra de la palabra que ocupaba la posición del número dentro de la declaración. Siguiendo este proceso se podía leer:

He depositado en el condado de Bedford, a cuatro millas de Buford, en un sótano o una excavación, a 6 pies (1.80m) bajo tierra, los siguientes artículos que pertenecen a las partes cuyos nombres figuran en el número 3:

El primer depósito, en noviembre de 1819, está compuesto por 1.014 libras de oro y 3.812 de plata. El segundo, en diciembre de 1821, consistía en 1.907 libras de oro y 1288 de plata, además de joyas, obtenidas a cambio de plata para facilitar el transporte y valoradas en 13.000 dólares.

Todo lo antes mencionado está empaquetado de forma segura en recipientes de hierro, con tapas de hierro. La cámara está más o menos revestida de piedras, y los recipientes descansan y están cubiertos por piedras. El papel número uno describe la localización exacta de la bóveda, para que no haya dificultad alguna en encontrarla.

La Declaración de Independencia, que tan útil había sido para descifrar el primer texto, no sirvió para los otros dos. Tristemente para los familiares de los treinta, o tal vez para él, el amigo de Morriss no consiguió descifrar la hoja en la que describía el lugar donde estaba enterrado el tesoro, ni la que supuestamente contenía el nombre de esos familiares y su lugar de residencia. Así que en 1885, frustrado por haber dedicado los mejores veinte años de su vida a intentar descifrar el resto de papeles sin éxito, habiendo abandonado ya cualquier esperanza de hacerlo, decidió publicar en un folleto todo lo que sabía.

Según decía, lo hacía movido por la esperanza de que otros se pudieran beneficiar de lo que él había sido incapaz. Tal vez, incluso alguno de los familiares de la gente de Beale lo leyera y reparara que sin saberlo todo este tiempo había tenido en su poder una valiosa clave. Aunque advertía que nadie cometiera el error de dedicarle tanto tiempo como hizo él, pues para él lo que al principio parecía un regalo se acabó convirtiendo en una pesada condena.

El folleto explicaba la historia de Beale, los textos cifrados y todo lo que le había contado Morriss. El misterioso amigo, pese a hacer públicos los textos, prefirió mantenerse en el anonimato por miedo a ser acosado por los buscadores de tesoros y fue su agente, un tal James B. Ward, el encargado de publicarlos.

Names and Residences. Original.

Desgraciadamente, un fuego en el almacén en el que estaban guardados los folletos destruyó la mayoría de ellos. Sin embargo, los que se salvaron despertaron un inmediato interés y un debate sobre si la historia era cierta o sólo una invención de Ward para ganar dinero.

Una de las primeras cuestiones a resolver era si, por lo menos, los protagonistas de la historia habían existido. En el censo americano de 1810 se encuentran registradas dos personas llamadas Thomas Beale, una en Connecticut y otra en New Hampshire. En el de 1820, se encuentran otras tres personas con ese nombre, esta vez en Luisiana, Tennessee y Virginia (de donde parecer ser era el Beale del tesoro). Ward es otro personaje obscuro y el único rastro que se encuentra de él es una referencia en la edición del 21 de mayo de 1865 del Lynchburg Virginian, en la que se le identifica como el propietario de la casa en la que murió Sarah Morriss, la mujer de Robert. Aunque él insiste en que no es el amigo al que Morriss confió su secreto, quizás sí que lo era. En cualquier caso, poco más se sabe de todos ellos.

Si se analiza la historia, parece tener aspectos razonables, pero otros que no lo son tanto. Parece lógico que Beale y sus compañeros decidieran llevarse su tesoro a un lugar seguro. Santa Fe en aquel tiempo era una ciudad mexicana, ellos eran norteamericanos. También parece una buena idea preparar un plan de contingencia por si les ocurría algo a todos ellos. Sin embargo, parece poco lógica la idea de llevar el oro hasta Virginia. Era un largo camino de varios miles kilómetros, no exento de riesgos, a través de territorio casi salvaje, para, además, esconderlo de una manera que podía hacer imposible su recuperación. ¿No hubiera sido mejor guardar el dinero en alguno de los bancos de la ciudad San Luis? Mucho más cerca y sin riesgos de que alguien lo encontrara y lo perdieran todo.

Hay otras cuestiones que tampoco quedan claras. ¿Quién o quiénes ayudaron a Beale a llevar el oro hasta Bedford? En ambas ocasiones, se trataba de una gran cantidad de carga, por lo que habría necesitado un gran número de mulas, burros o carros, y bastantes ayudantes. Tal vez, demasiada gente para guardar un secreto.

Tampoco ayuda que al parecer el texto publicado en el folleto contiene palabras del inglés, como “stampede” y “improvise”, que no aparecieron escritas hasta la década de 1840. Aunque no se puede descartar que antes ya fueran palabras habituales en Virginia o el Oeste.

Por otro lado, para los que continúen decididos a buscar el tesoro, conviene tener en cuenta que aún siendo cierta la historia, no se puede descartar que el tesoro ya no esté allí. Aunque Beale hubiera muerto sin recuperar el tesoro, alguno de sus compañeros, que sería lógico que conocieran el emplazamiento del escondite, podría haberlo recuperado. Y, ya fuera por desconocimiento o por precaución, no hubiera pasado a decir nada a Morriss, que se habría quedado con su caja y su enigma.

Lynchburg en 1919. En algún lugar puede que esté el hotel de Morriss. Ver panorámica completa.

Además son muchos los que ya lo han probado. Inmediatamente después de la publicación del folleto, muchos intentaron descifrar los documentos y encontrar el tesoro. Entre ellos varios famosos buscadores de tesoros. A principios del siglo XX, los hermanos Hart lo intentaron durante décadas. Otros como Hiram Herbert Jr. dedicó casi 50 años para también acabar abandonando en la década de los 70.

Con la misma poca suerte, lo han intentado expertos en criptografía. Algunos de los cuales después de analizar los dos textos que quedan usando métodos estadísticos cifrados han sugerido que no puede tratarse de textos escritos en inglés. También resulta sospechosa la escasa longitud del texto en el que teóricamente aparecen los nombres de los familiares más próximos. De usar la misma técnica de codificación que el ya descifrado, serían 618 números/letras para 30 o 60 nombres junto con su dirección.

Pero pese a todos estos indicios que parecen indicar que todo es un fraude, durante más de cien años, multitud de gente ha sido detenida por entrar y excavar sin permiso en fincas del condado de Bedford. Se cuenta que en 1983 una mujer excavó en el cementerio de Mountain View porque estaba convencida que el tesoro de Beale se encontraba allí.

Por cierto, existe una leyenda Cheyenne datada en torno al 1820, sobre una gran cantidad de oro y plata llevada desde el Oeste hasta las montañas del este para enterrarlo allí. Otras tribus, las de los Pawnee y los Crowe, hablaron muy bien de un grupo de unos 35 hombres blancos, a Jacob Fowler, un americano que exploró el sudoeste del país durante los años 1820 y 1821.

FUENTE

jueves, 16 de octubre de 2014

Asimov y Sus Datos/ Acerca de Reinas


  1. El primer acto de la Reina Victoria de Inglaterra después de su coronación fue mudar su lecho del dormitorio de su madre.
  2. Una reina de Inglaterra que jamás vivió en ese país o siquiera lo visitó. Fue Berengaria, quien casó en 1191 con Ricardo I Corazón de León.
  3. Durante el reinado de Catalina I de Rusia (1725-1727), las reglas para las fiestas proclamaban que ningún caballero debía embriagarse antes de las 9, y ninguna dama a ninguna hora. La Princesa Isabel, hija de Catalina, y las otras damas jóvenes de la corte, se divertían en bailes de travestidos, lo que les permitía burlar esas reglas.
  4. La Princesa Jorge (sic) de Grecia y Dinamarca, nacida Princesa María Bonaparte, tía de la Reina Isabel II, de Inglaterra, pagó a los nazis un soborno, o rescate, de aproximadamente 20.000 libras esterlinas, que permitió que Sigmund Freud, a los 82 años, se trasladase, en 1938, de Austria a Inglaterra. Las autoridades de ocupación habían exigido el dinero, declarando falsamente que el psicoanalista debía impuestos sobre sus rentas y amenazando con la confiscación de la biblioteca y el archivo de Freud. El padre del psicoanálisis pagó a la princesa después de llegar a Inglaterra, habiendo podido sacar oro de Austria (también con su ayuda). Freud vivió 15 meses en Inglaterra antes de morir de cáncer.
  5. La Reina Isabel II de Inglaterra empleó tres coronas el día de su coronación, en 1953. En el camino a la Abadía de Westminster usó la diadema circular de diamantes de la Reina Victoria. El acto oficial de la coronación se realizó con la pesada corona de San Eduardo, que está hecha de oro macizo con arcos tachonados de perlas. La corona para la procesión desde la Abadía fue la Corona Imperial del Estado, que tiene arcos de plata y gruesas orlas de armiño.
  6. Isabel I de Inglaterra estaba a favor de los bolos, los dados, los naipes y los clubes de esgrima; el alcalde y los concejales de Londres se oponían a estas diversiones. Los bolos, los dados, los naipes y los clubes de esgrima fueron permitidos. Isabel también vetó una ley que había sido aprobada en 1585 por ambas cámaras del Parlamento, que hubiese restringido pasatiempos dominicales tales como las competiciones de tiro y la asistencia a los teatros. Arguyó que, lo que era suficientemente bueno para la reina, lo era también para sus súbditos. Además, el gobierno obtendría un beneficio del dinero que estaba siendo gastado en esas diversiones.
  7. La Reina Austrichildia, esposa del Rey franco Guntram, se encontraba enferma de disentería en el año 580 d.C. Pensó que sus dos médicos no ponían empeño suficiente en curarla, de modo que le sacó al Rey Guntram la promesa de matarlos sobre su tumba si ella moría. La reina murió y los médicos fueron ejecutados tal como ella deseaba, en presencia de los otros médicos de la corte.
  8. Durante su recorrido por las provincias rusas en 1787, Catalina II la Grande creyó, al ver gente alegre y villorrios prósperos, que había conseguido hacer dichosos a sus súbditos. No se dio cuenta que todo era un engaño fraguado por su primer ministro, el tuerto Potemkin, quien hizo disponer «aldeas Potemkin» a lo largo de la ruta real. Había ordenado al pueblo que aseara las calles, pintase las fachadas de sus casas, vistiera sus mejores ropas y sonriera. La emperatriz jamás notó la miseria y mugre tras esas fachadas.
  9. Durante los 40 años siguientes a la muerte de su Príncipe Consorte, la Reina Victoria ordenó que la ropa de noche de éste fuese puesta todos los días, nuevamente, sobre su cama, en sus habitaciones del Castillo de Windsor.
  10. La primera población permanente en el Antiguo Noroeste, fundada en 1788 entre los terraplenes de los almecas recibió su nombre en honor de una hedonista reina de Francia, que después fue condenada por traición y guillotinada. La ciudad es Marietta, en Ohio sudoriental, y la reina fue María Antonieta.
  11. Leonor de Aquitania, como Reina de Inglaterra, presidió una de las instituciones más extraordinarias de la historia, las Cortes de Amor medievales. Problemas de pasión amorosa, por ejemplo, « ¿Es posible el amor conyugal?» , eran llevados ante ella y un «jurado» de grandes damas, quienes emitían solemnes decisiones judiciales. (La pregunta antes citada fue contestada negativamente.)
  12. La cabecilla de la «Conspiración de las Camareras», en la Inglaterra de 1839, fue la Reina Victoria, quien se negó a dejar que Robert Peel, candidato a Primer Ministro, sustituyera a sus damas de cámara por otras escogidas por él. Peel tuvo que ceder, pero en 1841 llegó a Primer Ministro con autoridad para retirar a quienes rodeaban a la reina. La «Conspiración de las Camareras» fue el último intento, con éxito, de un soberano británico por recusar a un Primer Ministro.
  13. La primera faraona de Egipto fue Hatshepsut, quien principió su reinado en 1502 a.C. Para no trastornar los convencionalismos, se hizo pintar en vestimenta masculina, con barba y sin senos.
  14. Cuando murió Isabel I de Rusia, en 1762, fueron hallados en su guardarropa 15.000 vestidos. Acostumbraba mudarse dos e incluso tres veces en una noche.
  15. Uno de los muchos detalles que deben atenderse para una coronación británica es el aceite apropiado para ungir. Isabel I dijo respecto al suyo, que era «grasa detestable y olía mal». Carlos I tenía una fórmula especial, que incluía flores de azahar, rosas, canela, jazmín, ajonjolí, almizcle, algalia y ámbar gris. El aceite es producido tradicionalmente en una cantidad suficiente para que sirva para varias coronaciones. Cuando iba a ser coronada Isabel II, en 1953, las reservas de aceite habían sido destruidas por las bombas, y la firma que lo preparaba desde los tiempos de la Reina Victoria había desaparecido. Un químico de Bond Street se ofreció para hacer una nueva mezcla. Para asegurarse que su olfato fuese perfecto, renunció a fumar por un mes antes de empezar a trabajar.
  16. La lengua materna de la Reina Victoria no fue el inglés. Su madre, hija de un duque germano, hablaba alemán en casa, y Victoria, aunque reinó sobre Inglaterra 64 años, nunca pudo hablar inglés perfectamente.
  17. En 1819, el año en que nació la Reina Victoria, ninguno de los 7 hijos y 5 hijas de su abuelo reinante, el Rey Jorge III, tenía un solo hijo legítimo que pudiese heredar el trono. Victoria, hija de Eduardo, cuarto hijo de Jorge, se convirtió en reina después de la muerte de su tío, Guillermo IV, en 1837.
  18. Un par de banquetes reales costaban a la Reina Isabel la Católica tanto como le costó patrocinar la primera expedición de Colón al nuevo Mundo.
  19. Cuando Catalina la Grande viajó de San Petersburgo a Moscú para la ceremonia de su coronación, la corte la siguió en 14 grandes trineos, y cerca de 200 más pequeños. Uno de los trineos era un palacio en miniatura sobre patines. Contenía un salón, biblioteca y un dormitorio. Ocho personas podían permanecer en él de pie, lado a lado.
  20. Cuando María, Reina de Escocia, casó con su primer esposo, Francisco, Delfín de Francia, se atavió con un vestido de bodas blanco, porque ése era su color favorito. Ahora a nadie sorprendería esa elección, mas en aquella época, María Estuardo estaba desafiando a la tradición: el blanco era el color tradicional del luto para las reinas francesas. Al vestir de blanco, pronosticó la muerte de su joven marido, dos años después, y su propio trágico fin.
  21. Cuando fue utilizada por primera vez la anestesia para paliar los dolores del parto, a fines del decenio de 1840, muchos eclesiásticos (todos hombres) objetaron que se dijo a Eva en la Biblia: «con dolor parirás los hijos» , como uno de los castigos por comer el fruto prohibido. No obstante, en 1853, la Reina Victoria permitió ser cloroformada para dar a luz a su séptimo hijo, y toda la crítica cesó. Ninguno de los clérigos tuvo valor para criticar a la reina.
  22. María Estuardo se convirtió en Reina de Escocia cuando tenía únicamente 6 días de nacida. Al nacer, el 8 de diciembre de 1542, su padre, Jacobo V, estaba en su lecho de muerte. La reina bebé fue coronada formalmente en la capilla del Castillo Stirling cuando tenía nada más 9 meses de edad, demasiado pequeña para usar la corona, asir el cetro, o repetir sus votos solemnes. Enrique VI de Inglaterra fue coronado a la misma tierna edad, en 1422.
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  24. La quinta esposa de Enrique VIII, la Reina Catalina Howard, ensayó el papel de su propia ejecución. Cuando fue informada que sería decapitada al día siguiente, la reina solicitó que el hacha y el tajo del verdugo fuesen llevados a su celda... y así se hizo.
  25. Luego de un año de súplicas y halagos, la reina adolescente de Suecia se salió con la suya. En 1645 logró que el filósofo, matemático y sabio francés René Descartes («Cogito, ergo sum» ) le ayudara a fundar una academia de artes y letras y la instruyese, privadamente, en filosofía. La Reina Cristina, de 19 años de edad, incluso mandó un barco de guerra en busca del halagado genio francés. El proyecto duró menos de 5 meses. Una combinación del crudo clima escandinavo y de las horas de trabajo (por ejemplo, la instrucción en filosofía se realizaba en la fría biblioteca del palacio de Cristina, de las 5 a las 6), condujo a Descartes a la influenza y a la muerte prematura
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